miércoles, 28 de abril de 2010

Renovarse o morir II

Estoy algo cansada de tener que inventar sobre la nada pero lo he de hacer constantemente. Mientras aún tengo que aguantar miradas curiosas por llevar a mi hijo encima mí en la silla (que no me pesa, que voy encantada, que no se cae, que va seguro...). Ahora tengo que amoldarme a las nuevas necesidades del andador de fondo en el que se ha convertido mi hijo.

Le sigue gustando ir en mi regazo. Cada vez que me acerco a la silla de ruedas, se me pega a las piernas para que lo coja. Pero es evidente que le encanta andar en la calle e investigar. Eso lo hace de la mano de los abuelos (ya anda sólo pero por la calle se le coje por seguridad, claro). A veces, se ha cogido a mi andador o a mi silla, pero no te puedes fiar. Hasta aquí ningún problema ¿verdad?

Pero aquí entra mi vieja manía de querer participar en todos los aspectos de la vida de mi hijo y me estoy rompiendo la cabeza para poder llevar a mi niño andando conmigo de manera segura. El andador queda descartado, ya que yo me puedo caer (pasa pocas veces, pero pasa). Desde la silla, lo podría coger de la mano, pero si se me escapa, tendría problemas. Los tirantes anticaídas parecen la solución pero el niño debería acostumbrarse a ellos y obviar los comentarios de propios y ajenos de que parece un perrito... ¿Cuando aprende un niño a andar al lado de su madre? ¿Cuando aprende que no debe cruzar la calle? Es penoso que a veces tenga deseos de que crezca más de prisa.